“Palpe mis músculos”

 

 
 
Vladimir Putin nos fascina. Si los medios de comunicación de Pirineos para abajo no estuvieran tan obsesionados con Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa y, vaya, todos esos presidentes latinoamericanos que van a poner las cosas sobre su propie pie en lo que antaño fue el “patio trasero” de las transnacionales españolas y norteamericanas, Putin tendría más páginas en nuestra prensa. Pero este representante del capitalismo gangsteril no ha empezado a ganar protagonismo hasta que ha cerrado el grifo (literalmente) del gas a los ucranianos y los alemanes. Porque hasta que Putin no dio un enérg(ét)ico puñetazo demostrando lo mucho que le había cundido el proceso de monopolización caiga-quien-caiga de la industria del gas y del petróleo, a nadie le importaba un huevo la absoluta falta de democracia en Rusia, las masacres y violaciones del ejército ruso en Chechenia, los asesinatos de periodistas o el aumento del racismo. Este seguidor de Stalin, ex-espía del KGB que de saberse de memoria el catecismo del PCUS pasó a comulgar con los popes ortodoxos como si nada, ha prolongado la larga tradición de la autocracia rusa: zar, secretario general y ahora presidente de la república putinista, que es como se llama ya al país cuyas condiciones sociales el derrumbe de la URSS no ha mejorado, sino que ha empeorado notablemente. Las diferencias entre pobres y ricos se acrecientan, el mercado negro -viejo estigma del régimen soviético- es una realidad mucho más presente, las mafias se han disparado y los viejos burócratas del aparato del Partido se han lanzado a la rapiña, la acumulación, el soborno y la compra de cargos. Como expresión del capitalismo más burdo y salvaje, el de garrote y tentetieso, el putinismo es muy bien valorado por algunos de sus colegas europeos, que mientras emiten críticas sotto voce del gigante eurasiático, se dan bofetadas tras bastidores por sacar tajada de un régimen “democrático” -democrático en el mismo sentido, claro, en que era democrática la Rusia de Boris Yeltsin cuando no le temblaba la mano a la hora de bombardear el Parlamento.

Putin, a quien recordamos bromeando alegremente sobre los cargos de violación del presidente de Israel -“¡Qué machote! En Rusia todos le envidiamos”-, de quien el gabinete de prensa gubernamental difundió la fotografía que hoy encabeza nuestro fotolog (y que demuestra que hasta todo un presidente ruso puede hacer uso de los esteroides sin avergonzarse), ahora ya no es “nuestro amigo”. A lo sumo lo es a medias y cuando conviene. Porque Putin, dicen, ha resucitado la Guerra Fría, por lo menos terminológicamente: Escudos de Misiles, Mísiles Balísticos e Intercontinentales, Cabezas nucleares, Submarinos Secretos. Relojes Atómicos, Capacidad de Respuesta, Tiempo de Reacción. Destrucción Mutuamente Asegurada (MAD). Por nosotros, y teniendo en cuenta que todo esto tiene bastante de mascarada (¿por qué iba a dar más miedo Rusia que los EE.UU., que tienen un armamento mayor en manos de una élite de fanáticos religiosos y del libre mercado igualmente peligrosos?), bien: la cultura de la Guerra Fría molaba. Allí los rojos, aquí los azules. Aquí el show-biz, idiota y paranoico, allí la propaganda más estereotipada a machamartillo. ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú. Etcétera. Ya saben. También dicen que durante la Guerra Fría la gente follaba más.

Cualquier día a Putin se le va la bola y vuelven al estalinismo, más o menos así: http://www.youtube.com/watch?v=iP7V3hC1yzE

Ian Blacksmith

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Quant a smilecrew

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